Kino no Tabi Volumen 1, Capítulo 2: El País del Gobierno Mayoritario —Ourselfish—

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La alfombra de hierba se extendía hasta donde el ojo podía ver. Capas de la verde y ligeramente ondulada tierra se superponían mientras desaparecían en el horizonte.

El vasto cielo era de azul claro, cubierto con nubes blancas flotantes, tan vivido hasta el punto de ser deslumbrante. A la distancia, sobre el horizonte, una nube cumulonimbo se alzaba como un santuario de paredes blancas. El incesante sonido de las cigarras llenaba el aire.

El prado solo tenía una carretera.

La carretera a penas podía ser reconocida como una, siendo tan angosta que su superficie de tierra era difícilmente visible. Iba derecho, con ocasionales repeticiones de curvas repentinas, como si evitaran las masas de árboles. Se dirigía al oeste.

Una sola motorrad[1] recorría la carretera. La motorrad pasaba las curvas a velocidad considerable. Aceleró luego de entrar a un tramo largo y recto, con su llanta trasera salpicando tierra.

El conductor de la motorrad vestía un chaleco largo y negro. El cuello estaba muy abierto, para que el aire entrara. Un cinturón grueso envolvía su cadera, y en la parte trasera había una pistolera de persuasor de mano [2]. Dentro estaba un persuasor de mano de marco delgado, con la empuñadura apuntando hacia arriba. Otro podía ser visto en el muslo derecho de su portador.

Debajo del chaleco había una camisa blanca. Pare evitar que ambas mangas revolotearan en el viento, varias bandas elásticas las envolvían.

El cabello corto y negro del conductor era revuelto por el viento. Encima del rostro delgado y de aspecto tenaz había un par de goggles con marco plateado con el enchapado descascarándose; detrás de ellos, los ojos del conductor estaban fijos al frente.

Acercándose a una curva, el conductor desaceleró e inclinó la motorrad. Su llanta trasera resbaló ligeramente antes de que atravesaran la curva a salvo.

La motorrad era una sin asiento trasero, teniendo un portaequipaje en su lugar. Una mochila grande estaba atada a él, y un abrigo café bajo enrollado. La parte superior estaba atada firmemente, aunque crudamente, por las mangas quitadas del chaleco del conductor, el cual anteriormente era una chaqueta. Debajo del portaequipaje había cajas para almacenar equipaje adicional, instalados a ambo lados de la llanta trasera.

Como si planeara, la motorrad siguió atravesando el prado.

De repente, la barbilla del conductor se levanto ligeramente. Soltando el manubrio izquierdo, la mano palmeo dos veces el tanque de combustible de la motorrad, entonces señalo al frente.

—Lo puedo ver ahora.

El conductor le hablo a la motorrad.

—Al fin.

Respondió la motorrad.

Más allá de su curso, el contorno difuso de los muros blancos de una ciudad empezaba a entrar a la vista.

El conductor pisó el acelerador.


—¿Hay alguien?

Gritó el conductor de la motorrad. Los goggles fueron quitados y colgaban de su cuello. Se hizo un intento por arreglar el cabello soplado por el viento, lo que resulto en un cambio sin significancia.

Ante los ojos del conductor había una puerta arqueada en las altas paredes. Sin embargo, las puertas gruesas, las cuales deberían haber estado cerradas firmemente, estaban abiertas de par en par. Echando un vistazo a través de la puerta oscura, varias casas de piedra podían ser vistas. La caseta de centinela, la cual debería haber sido custodiada por guardias armados con persuasores, no mostraba signo de presencia humana.

El conductor esperó unos cuantos minutos, con el brazo levantado solo una vez para limpiar el sudor en la frente.

—Parece que no hay nadie, Kino.

En su lugar, la motorrad, reclinada sobre la pata de cabra, fue la que respondió.

—Extraño.

El conductor, a quien se refirieron como Kino, gritó una vez más.

Solo el sonido del viento soplando suavemente pudo ser escuchado.

—Sin respuesta.

La motorrad hizo un pequeño comentario.

—¿Qué tal si entramos? De todas formas, la puerta ya está abierta.

—Eso sería imprudente, Hermes. Si entras a la casa de alguien sin permito, no podrás quejarte incluso si te matan a disparos.

—Seguro… —murmuró la motorrad, a quien se refirieron como Hermes,

—Pero no puedes ser disparado si no hay nadie allí. Además,

—… ¿Además?

Kino giró hacia Hermes, con el rostro pintado con expectativas.

—No es como si hubiera muchas personas que pudieran matarte, Kino. Incluso si alguien te apunta con un persuasor por detrás, podrás darte la vuelta y disparar primero si es la persona promedio. Lo garantizo.

—… Gracias por eso.

Sonriendo irónicamente, Kino palmeo la pistolera de persuasor en el muslo derecho, la cual contenía un persuasor de mano tipo revolver.

—Bueno, no hay forma de evitarlo. No podemos permitirnos quedarnos aquí para siempre ¿Qué tal si nos colamos?

—Hagámoslo. Entonces, ahora estamos de acuerdo.

—Pero sin luchar. Si parece que algo pasa, corremos.

—Lo que prefieras.

Kino atravesó la puerta, empujando a Hermes.

—Kino. Estoy seguro de que habrá alguien si vamos al centro de la ciudad. Podríamos solo pedir permiso de entrada y estadía cuando ese momento llegue. Mm-hmm.

Hermes dijo una broma.

Dejando la sombra de la puerta, Kino y Hermes fueron a la ciudad que los muros abarcaban.


—Acampar en las calles, huh.

Echando leña a la fogata, Kino hizo un comentario un poco de auto burla. Los alrededores, completamente negros; el cielo, lleno de estrellas, ocultadas en algunos lados por las nubes.

—Al menos no es tu culpa, Kino.

Hermes estaba a un lado, con todo el equipaje descargado, las partes metálicas brillaban con el reflejo de la llama.

—¿Qué, así que es la tuya, Hermes?

Kino respondió con una broma.

—De ninguna madera. Los residentes de este país son los únicos responsables. El que nadie viva en una ciudad tan bien construida es un insulto a las construcciones. Qué insolencia.

Hermes hizo un comentario un poco resentido.

El lugar dónde Kino y Hermes armaron el campamento estaba en el centro de una gran intersección.

Carreteras pavimentadas de piedra, lo bastante anchas para que varios carros pasaran lado a lado, se extendían cuidadosamente a las cuatro direcciones. Edificios de piedra se alineaban a los lados de las carreteras, sin un solo espacio entre ellos. Todos eran de cuatro pisos, de diseño idéntico, y mostraban un esplendido sentido de la historia. Sin embargo, ninguna luz provenía de las ventanas.

Al final, después de haber vagado por la ciudad durante la mitad del día, Kino y Hermes nunca lograron encontrar a una sola persona. Ni siquiera había signos de alguien viviendo aquí recientemente.

Cansados de explorar edificios abandonados, armaron un campamento aquí, donde pudieran ver bien su entorno. Por alguna razón, había un lugar en donde el pavimento de piedra se rompió formando un hu7eco. Usando madera seca reunida, la cual parecía ser los árboles a los costados de la carretera, formaron una fogata.

—Una ciudad fantasma, huh.

Murmuró Kino mientras masticaba un bloque de ración de previsión que parecía arcilla. Luego fue lanzado a la boca del que comía. No había ninguna indicación de que fuera un consumo apetitoso.

—¿Qué vamos a hacer mañana?

Hermes le preguntó a Kino, quien había terminado la pequeña comida.

—Quedan lugares en los que no hemos estado. Revisémoslos.

—Podría terminar siendo inútil.

—Bueno, esto también está bien.

Kino dio una breve respuesta, entonces extendió una mano a la mochila y saco una sábana. Caminando hasta estar debajo de los aleros de un edificio en una esquina, Hermes y la fogata fueron dejados detrás. Sentándose sobre la sabana que había sido extendida en la acera, Kino murmuró.

—Quiero una camada cómoda con sábanas blancas…

—Mi más sentido pésame. Por cierto, tampoco hay ducha con agua caliente en la mañana.

—… Oh bueno.

Kino sacó el persuasor de la pistolera del muslo derecho. Un revolver de acción simple[3], uno al que Kino se refería como ‘Cañón’. Con él en manos, su portador se puso sobre la sabana y se acostó.

—¿Ya vas a dormir?

—Sí, no hay nada que hacer. Te dejaré el esto. Buenas noches, Hermes.

Poco después de decir eso, la suave respiración de Kino siguió.


La noche en la ciudad fantasma pasó en silencio.

Lo único audible por momentos eran los murmullos de la frase:

—Es muy aburrido…


A la mañana siguiente…

Kino despertó al amanecer. Los alrededores estaban cubiertos con niebla. Kino realizó algunos ejercicios ligeros, luego practico y dio mantenimiento a sus persuasores. Después vino el desayuno, siendo lo mismo que anoche.

Cuando el sol apareció y la niebla desapareció, era hora de despertar a Hermes.

Lo que quedo de la fogata fue más o menos limpiada. Entonces, después de que todo el equipaje había sido cargado, dejaron el lugar.

Kino y Hermes pasaron la mitad del día deambulando por los lugares que no habían visitado el día anterior. Como antes, no vieron a nadie. Ni había alguna indicación de personas viviendo allí.

Entonces llego el mediodía, cuando estaban empezando a cansarse de su búsqueda, Kino y Hermes llegaron a un parque grande.

Caminos de pavimento de piedra blanca se extendían por la enorme parcela verdosa. Era lo bastante grande como para que incluso con una motorrad, nadie pudiera llegar al otro lado rápidamente. Este lugar, también, estaba en un estado que sugería que no hubo mantenimiento reciente: los árboles y hierbas habían crecido demasiado, el estanque se había secado, y todos los lechos de flores se habían marchitado.

Kino y Hermes fueron al área interna del parque, descubriendo una estructura de caliza blanca.

—Esto es asombroso. Debe haber tomado mucho tiempo y dinero. Verdaderamente esplendido.

Hermes elogio impactado.

Kino y Hermes estaban justo en frente de la estructura de mármol blanco. Una tan grande que el campo visual de Kino no vía el final. Su construcción no era nada menos que magnifica; de un extremo a otro, de arriba abajo, finamente decorado.

—Tal vez era un palacio o algo.

Murmuró Kino, mientras usaba la manga de la camisa para limpiar el sudor de su frente. El sol estaba en su cenit; sus rayos, deslumbraban.

—Probablemente. Uno perfecto para que un rey rico la habite. Bueno, aunque no puedo saber el periodo.

—Así que, tal vez la monarquía fue abolida y lo volvieron un parque… me pregunto si hay algún guía por aquí que nos cuente la historia.

Cuando hizo un comentario algo sarcástico, Hermes también refunfuño,

—Oh, vamos. También quiero escucharlo.


Kino exploró la construcción, empujando a Hermes.

El interior no era menos extravagante que el exterior, teniendo salones decorados con decenas de ventanas de vitral, baños mucho más grandes que los de la casa promedio, y pasillos interminables.

Solo que, todo estaba cubierto de polvo.

Habiendo examinado adecuadamente todo, Kino y Hermes se encontraron saliendo por la salida trasera de la construcción. Conducía a una terraza, en donde el vasto jardín podía ser visto en su totalidad.

—Ahora lo entiendo…

Murmuro Hermes francamente luego de ver la escena que se desplegaba ante ellos. Kino no dijo nada, solo se inclino para adelante desde la terraza para echar un vistazo más de cerca.

Era un cementerio.

Entre el follaje del jardín había simples montículos de tierra, cada uno marcado como tumba con delgadas tablas de madera.

En el sentido literal, el jardín, uno que se extendía hasta donde el ojo podía ver, estaba lleno de líneas de dichas tumbas. Miles, o incluso decenas de miles; eran una cantidad innumerable.

Tal vez este jardín una vez había sido el coto de caza real, o un lugar de relajación para los ciudadanos de la ciudad. No estaba escrito una explicación. En este momento, no era nada más que un vasto cementerio.

Kino soltó un largo y profundo respiro, entonces se quedo ahí para ver la escena por más tiempo.

El sol de finales de verano empezó su gradual descenso, llevándose tranquilamente la luminosidad del cielo. La luz rápidamente disminuyo bajo la sombra de la construcción. Somo si se hundiera en la oscuridad.

—Kino, la mayoría de las personas que vivieron aquí probablemente están muertas.

—…

—Y los que sobrevivieron ya deben haberse ido a algún otro lugar. Es un país desierto.

—… Podría ser. Me pregunto por qué.

—Quién sabe…

Kino se dio la vuelta para mirar a Hermes, reclinado en el barandal de la terraza.

—No hay nada más que ganar quedándonos aquí. Vamos al siguiente país.

Kino negó con una ligera sacudida de cabeza.

—No. Nos quedaremos aquí durante la noche, entonces nos iremos mañana a la mañana. Aun no han sido tres días.

—¿Eso de nuevo? Esa regla de quedarse en cada país durante tres días… ¿hay algún significado para eso?

Kino sonrió, aunque solo ligeramente.

—Un viajero que conocí hace mucho me dijo… que es la cantidad de tiempo correcta para una estadía.

—Oh en serio.

Murmuró Hermes, mostrando poco interés.

Aun reclinado en el barandal, Kino giro solo del cuello para arriba y echo otro vistazo a las tumbas.


En una cabaña cerca de la entrada del parque, Kino y Hermes despertaron para mirar la mañana del tercer día.

Kino se levanto al amanecer, igual que siempre. Así que hizo las rutinas de practica y mantenimiento de persuasores. Luego limpió su cuerpo con un paño húmedo, y después el desayuno. Entonces, luego de que todo el equipaje había sido empacado, Hermes fue despertado.

Chaleco usado encima de una camisa, cinturón en la cintura. Persuasor en pistolera, confirmado.

Kino partió hacia la puerta oeste.

La mañana en la ciudad fantasma pasó en silencio, como las de cualquier otra ciudad.

Kino iba sobre el límite de velocidad, dejando que el rugido del motor de Hermes resonara por los edificios sin reservas.


Justo cuando el muro entro a la vista, Kino pudo ver un solo tractor aparcado enfrente de la puerta.

El remolque en la parte trasera tenía una pila alta de frutas y vegetales. En el asiento del conductor estaba un hombre con un sombrero sobre sus ojos. Tenía alrededor de treinta años, y usaba ropa de trabajo cubierta de tierra.

—¡Kino! ¡Una persona! ¡Hay alguien en este país!

Exclamó Hermes emocionado, como si el que una persona estuviera allí fuera absurdo.

Kino y Hermes se acercaron al tractor. El hombre estaba durmiendo. Ante el tubo de escape de Hermes, se levanto con el ceño fruncido, sacudiendo ligeramente la cabeza. Abrió los ojos. Entonces, esos ojos se encontraron con los de Kino.

Kino apagó el motor de Hermes. Un silencio abrupto ocurrió en los alrededores.

—Perdón por molestarte, pero… Buenos días.

—Qué hay.

Kino y Hermes saludaron.

—Bueno, qué sorpresa.

Los ojos del hombre se abrieron, tanto como podían. Ahora estaba bien despierto, con su somnolencia desapareciendo en un instante.

—¡Ah-! No me digas ¿eres un viajero? … ¡Dame un segundo!

El hombre salto del asiento del conductor. Se tropezó una vez antes de correr hacia Kino.

—¡Hey, buen día! Soy el habitante de este país. El único habitante ¡Bienvenidos a mi país! ¡En serio, gracias por visitarlo! ¡Estoy muy encantado de conocerlos!

Kino tenía una expresión de sentimientos mezclados al recibir un saludo tan exagerado, dado dos días tarde.

Así que Hermes preguntó,

—¿Dijiste que eres el único en este país, señor? ¿Qué rayos pasó?

Con eso, el hombre se echo a llorar, con una expresión que podría ser felicidad o tristeza. Le preguntó a Kino y Hermes,

—¿Se irán pronto? ¿Tienen tiempo de sobra?

—Podemos irnos cuando sea, siempre y cuando sea en este día.

Escuchando eso, el hombre rogó desesperadamente,

—¡E-entonces! ¡Quisiera… explicarles lo que pasó en este país! Escucharán, ¿cierto? ¡Por favor! ¡Se los ruego!

Kino miró a Hermes, luego al hombre, entonces sonrió y dijo,

—Sí, por favor hágalo. Nos encantaría saber.


En frente de la puerta, en el primer piso de un edificio en una esquina de la plaza, que parecía haber sido una vez un café al aire libre, con sillas y mesas amontonadas.

El hombre jalo el toldo a la acera, entonces sacó una mesa y algunas sillas. Limpió ligeramente una silla y le indico a Kino que se sentara. Hermes se quedo junto a Kino, reclinado sobre el caballete.

El hombre descanso sus codos sobre la mesa y doblo sus manos debajo de su barbilla.

—Ahora, dónde empezar… bueno, supongo que tiene ser la monarquía y la revolución.

—Así que ¿sí hubo una monarquía?

Preguntó Kino, y el hombre asintió.

—Así es. Bueno, hasta hace diez años.

—Entonces la revolución ocurrió, hmm. Justo como pensamos, Kino.

—Parece que ya fueron al parque central. Seguramente las han visto.

El hombre se ensombreció ligeramente en expresión y voz.

—Sí, las vimos. Fuimos por voluntad propia.

Hermes respondió, con una inclinación al sarcasmo.

—Está bien, está bien. Después de todo, hace que la historia sea más fácil de contar.

—Así que ¿esas son las tumbas de las personas de este país?

El hombre asintió varias veces.

—Sí… pero… es algo que fue inevitable.

—¿Fue una epidemia o algo así?

Preguntó Kino. El hombre puso una expresión bastante afligida, diciendo,

—No, no es así. Solo una persona murió de enfermedad… déjenme contarles, al pie de la letra.


—Desde su fundación, el gobierno de este país siempre había sido una monarquía. Un solo rey gobernaría la tierra y a toda su gente. Entre las varias decenas de reyes que tuvimos, hubo unos pocos de reinado admirable; fueron amados por las personas. Pero la gran mayoría no fue así… especialmente el bastardo que tomo el trono hace catorce años, el peor de todos ellos. Tal vez porque fue príncipe heredero durante mucho tiempo, hizo lo que se le daba la gana en el momento en que se volvió rey. Los que se le oponían eran asesinados. En aquel entonces hubo dificultades económicas debido a malas cosechas, pero él lo ignoró todo, entregándose a su entretenimiento. Las pobres cosechas duraron tres años, y la mayoría de las personas moría de hambre. Por supuesto, a ese bastardo no le importo. Probablemente ni siquiera sabía lo que significa la palabra ‘morirse de hambre’.

—Si no tienen pan, que coman pastel[4].

Cuando Hermes habló divertido ante la situación, el hombre sonrió,

—Muy profunda la frase.

Hermes entonces dio un breve agradecimiento.

—Hace once años, la vida se volvió tan difícil que un grupo de granjeros le rogó al rey que redujera los impuestos, pero todos fueron asesinados. Estábamos al pico de nuestra ira. Ya no podíamos tolerar la violencia del rey. Lo único que podíamos hacer en esta situación no era otra más que derrocar al rey y el sistema monárquico, por lo tanto, el plan para una verdadera revolución fue puesto en marcha. En aquel entonces, estaba estudiando literatura en la universidad. Mi casa estaba relativamente bien, pero sentía el mismo dolor de los pobres. Por lo que me involucre en la planeación desde una etapa temprana.

—Mm~hmm.

—¿Y si eran atrapados?

Ante la pregunta de Kino, el rostro del hombre se oscureció.

—La pena de muerte, por supuesto. Varios de mis amigos fueron arrestados y ejecutados ¿Sabes cuál es el método tradicional de ejecución en este país? Te matan atando tus manos y piernas, te cuelgan bocabajo, entonces te dejan caer de cabeza en medio de la calle. En este país, tu familia también sería ejecutada. La he visto una y otra vez, la ejecución publica mero centro de la intersección. Las familias de tus amigos son los primeros en caer. Sus padres, esposas, hijos, uno por uno en orden… entre ellos, algunos de mis amigos nos verían a mi y a los demás en la multitud, justo antes de que sus ojos fueran vendados. Se sentía como si algo nos cortara en el momento en que caen, y al siguiente, observé sus cráneos y cuellos romperse y hacerse pedazos.

—…

—En una mañana de primavera hace diez años, nuestra revuelta finalmente comenzó. Antes que nada, atacamos las armerías de los guardias. Por supuesto, era para conseguir persuasores y munición. Sabes, hasta entonces la población general tenía prohibido portar armas. Era obvio, supongo. Cuanto peor son esos buenos para nada en el poder, más temen a una población armada. De todas formas, tuvimos éxito en obtener persuasores de todas las armerías. También hicimos que algunos de los guardias vinieran a nuestro lado. Entonces, se suponía que nos apresuraríamos al palacio de una vez y atraparíamos al rey. Pero el plan fue cancelado.

Cuando el hombre hablo hasta este punto, sonrió ligeramente.

—¿Cancelado? Pero ¿por qué? ¿Por qué parecía que iba a llover?

Preguntó Hermes sorprendido.

—… Esto no es como tender la ropa, Hermes.

Dijo Kino con un rostro amargo, entonces giró hacia el hombre,

—Ya no era necesario hacerlo, ¿no? ¿Por qué el rey huyo?

El hombre levantó su dedo índice y rio alegremente,

—Correcto. Fue como dijiste.

—¿Cómo lo supiste, Kino?

—Es porque la construcción no sufrió ningún daño.

—Ya veo… —Murmuró Hermes.

—El rey y su familia; o debería decir, sus tesoros; se ocultaban en la caja de una camioneta que salía del país. Fue encontrado muy rápidamente. Ja ja ja, pues claro. Cualquiera sospecharía si vieran a una persona enterrada en una pila de joyas y vegetales. Por lo que la revolución tuvo éxito con muy pocos sacrificios.

—Bueno eso es asombroso ¿Qué sigue? ¿Qué paso después de eso?

—Después de eso, empezamos nuestra nueva forma de vida, y nuestra nueva forma de gestionar nuestro país, creando un sistema de gobierno completamente nuevo. Uno con políticas que no eran dictadas por una persona en específico, sino que fueran aceptadas y cumplidas por todos. ‘Nunca más una sola persona gobernará la nación. La nación pertenece a todos’. Si alguien tenía una idea, sería dada a conocer a todos, entonces habría una investigación para saber cuantos la aprobaban. Si era aprobada por la mayoría, entonces el método sería puesto en uso. Lo primero que decidimos era qué haríamos con el rey a quien habíamos capturado.

—¿Cuál fue el veredicto?

Preguntó Kino. El hombre entrecerró los ojos.

—Los resultados de los votos fueron noventa y nueve por ciento a favor de la ejecución. El rey, sus seguidores, y sus familias.

—Como pensé.

Murmuró Hermes.

—La familia real fue colgada y lanzada. Pensamos que la época de miedo y desesperación al fin había terminado… después de eso, hubo mucho trabajo. Todos estuvieron de acuerdo en numerosas cosas. Lo primero fue la constitución. La clausula inicial estipulaba que la nación pertenecía a todos, y toda la administración sucedería por gobierno mayoritario. Entonces, el sistema de impuestos. Policía. Defensa nacional. Juicio por la ley. Nos divertimos mucho cuando decidíamos el sistema educacional. Decidiendo qué tipo de entrenamiento deberíamos darles a los niños, quienes llevaban el futuro de la nación en sus hombros… Ahh, fue muy divertido…

Entonces el hombre cerró los ojos. Asintió para sí mismo varias veces, entonces abrió los ojos de nuevo y miró a Kino.

Kino se inclinó ligeramente hacia adelante.

—¿Qué paso después de eso?

El hombre abrió su cantimplora y le dio varios tragos. Entonces soltó un solo y largo suspiro.

—Todo fue bien durante un tiempo… entonces un día, de repente salieron esas personas que dijeron la cosa más ridícula. Su propuesta era esta: ‘Toma mucho tiempo conseguir un voto directo de todos ¿Qué tal si votamos para elegir a alguien como líder, entonces le confiemos a él o a ella la gestión del país durante unos años?

—Esa propuesta… ¿paso?

—¡Sí, como no! Eso sería simple locura, no hay nada más que decir de eso. Si lo aceptábamos, entonces ¿y si el líder elegido resultara ser un loco? Si le damos todo el poder a una persona ¿quién sería el que lo detuviera cuando se descontrole? Los que lo propusieron probablemente querían traer de vuelta la presencia absoluta de un ‘rey’ al país, para que pudieran tener privilegios especiales en la vida bajo el apoyo del rey. Un pensamiento despreciable. Obviamente, no paso, la mayoría se opuso.

—Así que eso paso.

—Pero también llegamos a la decisión de que poseer unos pensamientos tan traicioneros era en sí mismo un peligro para el futuro del país. Todos ellos fueron acusados de traición a la nación.

Kino miró a Hermes, luego le preguntó al hombre,

—¿Cómo termino?

—La mayoría los encontró culpables.

—¿Y?

Preguntó Hermes.

—La pena de muerte. Pena de muerte a todos ellos.

—… La forma tradicional, atados y dejados caer ¿con la familia incluida…?

Como respuesta a la pregunta de Kino.

—Oh, sí. Un final adecuado para aquellos que van contra la nación.

El hombre escupió esas palabras. Pero pronto, mostró una expresión de soledad, entonces continuo.

—Pero ya vez, es desafortunado que los que se oponían a la nación no dejaron de aparecer. Una vez, salieron los que dijeron que el sistema de pena de muerte debería ser abolido. Qué horrible. Si nos deshacemos de la pena de muerte, no tendríamos más elección que dejar vivos a los traidores hasta quién sabe cuándo. Los que dijeron eso fueron acusados de traidores. Por lo tanto, todos después recibieron la pena de muerte por votación. En otra ocasión, salieron los que estaban en contra de nuestro nuevo sistema de impuestos. Se quejaban de que su tasa tributaria era muy alta para que la pagaran, y dijeron que iban a pagar. Estaban objetando a lo que había sido decidido por el gobierno mayoritario. Qué arrogancia, preocupándose solo por su propio bienestar. Por supuesto, no podíamos dejarlo así. Fueron ejecutados.

—…

—Manejar un país seguro es mucho problema.

Dijo Hermes. El hombre levanto su dedo índice,

—Seguro lo fue. Pero si no nos manteníamos firmes, errores serían cometidos. Si terminábamos con algo que no podíamos arreglar, entonces sería demasiado tarde.

—¿Qué paso después?

Pregunto Kino.

—Hm. Dimos nuestro mejor esfuerzo en hacer de este país uno esplendido, de una forma u otra… pero, aun así, los que se oponían a la nación nunca dejaron de aparecer. Incluso los que solían mantener firmemente las mismas creencias que todos nosotros se nos opusieron, tratando de conducir al país por la dirección equivocada. Hería mi corazón, tener que ejecutar viejos camaradas. Sin embargo, nunca deje que mis sentimientos personales me impidieran hacer lo que se debía hacer. Absolutamente no.

—Así que ¿las tumbas se agotaron eventualmente?

—Me temo que es como dices. Afortunadamente, teníamos el anterior palacio, el cual se volvió el parque central. Empezamos a usar el jardín trasero, que al principio planeábamos usar como tierra de labranza. Los que estuvieron en desacuerdo fueron ejecutados.

—Hasta ahora ¿Cuántas ejecuciones hubo?

El hombre pensó en la pregunta de Kino un tiempo.

—¿Quién sabe?  Si es desde la época del rey, entonces son demasiadas para contar.

—No, no. Solo desde la formación del nuevo gobierno está bien.

—Oh. Trece mil, sesenta y cuatro veces.

Respondió el hombre de inmediato.

—¿Qué tipo de voto decidió el último?

—El último… fue exactamente hace un año. Para entonces, la población del país consistía en mí, mi amada esposa, y un hombre soltero quién había sido un amigo mío desde hace mucho. Los tres teníamos la intención de cargar y apoyar al país. Pero un día, ese hombre anunció que dejaría el país. Intentamos una y otra vez de persuadirlo para que no se vaya. Pero la retorcida determinación de ese bastardo era firme. El abandonar a tu país; abandonar tu deber, no podíamos perdonarlo. Como resultado de la votación, dos a uno, se decidió que el bastardo recibiría la pena de muerte.

—Tu esposa… ¿sigue aquí?

El hombre estiró su cuello lentamente.

—No, ya no… ha sido casi medio año. Murió por enfermedad. Un resfriado común. No soy doctor, así que no pude hacer nada… Ahhh… Maldición… Maldición…

Pronto, el hombre se echó a llorar silenciosamente.


—Gracias por contarnos tu historia. Ahora entendemos mucho más.

Hacia el hombre quien sollozaba con su rostro sobre la mesa, Kino se inclinó ligeramente, entonces dijo mientras se paraba de la silla,

—Hermes, es casi hora.

Con eso, el hombre levanto la cabeza.

—Soy… soy el único que queda en este país. Estoy tan solo…

—…

—Sin embargo, para hacer lo correcto, hay veces cuando una persona debe permanecer firme contra las adversidades. Este país debe superar los tiempos de dificultad.

Finalmente secando sus lágrimas, el hombre les hizo una propuesta a Kino y Hermes.

—¡Ustedes! Por favor, por favor vuélvanse habitantes de este país. Entonces restauremos juntos este país. Todos aquí son respetados ciudadanos. Vamos ¿no aceptan…?

Kino y Hermes dieron sus respuestas casi al mismo tiempo.

—No, gracias.

—De ninguna manera.

Por un momento, el hombre puso una expresión de tristeza, y de expectativas traicionadas.

—Ya… ya veo. Si los dos lo dicen, entonces no se puede evitar. E-entonces…

El hombre lo pensó un poco, y preguntó,

—No les perjudicaría retrasar su partida más o menos un año ¿Qué tal?

—Imposible.

—Estoy con Kino.

—Ustedes… por favor, quédense otra semana. Podrían usar lo que sea de aquí como deseen.

—Rechazaré la oferta.

—No hay necesidad.

—T-tres días más… ¿qué tal si comemos las comidas más finas juntos?

—Uh… …no, no gracias.

—Partiremos antes de que Kino lo reconsidere.

—Si se quedan en este país, estoy dispuesto a servirles por un tiempo un leal esclavo.

—Tendré que rehusarme.

—No bateo para ese lado.

———¡GONK!

Kino golpeó el tanque de Hermes. Entonces frunció el ceño y agito su mano punzante.

—Es casi hora de que nos vayamos. Perdón por tus peticiones, pero no podemos aceptar ninguna. Aun así, ofrecemos nuestra más profunda gratitud por permitirnos escuchar tu historia.

Kino se inclino ligeramente una vez más.

—¡Solo otro día! Por favor, quédense en este país un día más. Entonces podré decirles más sobre cuan maravilloso es este país. Por favor…

—No podemos permitirnos hacer eso. Ya nos quedemos tres días.

Dijo Kino, entonces giró hacia Hermes.

—No lo entiendo muy bien, pero así es como es. Perdón por eso, señor.

El hombre parecía que estaba a punto de llorar una vez más. Entonces, pareció querer decir algo, pero su boca solo se abría y cerraba.

—Vamos.

Cuando Kino dijo eso y se subió a Hermes, el hombre extendió una mano a su mochila, sacando un persuasor de mano. Un revolver de cañón basculante[5] con cilindros yuxtapuestos, uno capaz de hacer dieciséis disparos consecutivos.

Aunque lo sacó, eso fue todo lo que hizo con él. No apuntó a la espalda de Kino, ni colocó sus dedos índice y medio en su pesado gatillo.

—Así que ¿planeas amenazarnos ahora?

Kino giró, solo su campo de visión, hacia el hombre, preguntándole con una voz indiferente, mientras la mano derecha iba silenciosamente a la pistolera del muslo.

Por un momento, el hombre miró a su persuasor, el que sostenía con ambas manos. Entonces, debatiendo, sacudió la cabeza repetidamente.

—No, no… no puedo, no puedo ¡no puedo! Si lo uso, entonces sería igual que ese tonto rey y sus seguidores ¡Está mal usar la violencia para forzar tu forma de pensar a los demás! ¡Está mal! ¡La solución de un tonto! ¡No puedo! … Es cierto, todo debe ser elegido por el deseo de la mayoría. Los caminos que tomemos deben ser elegidos pacíficamente por la opinión general. Es la única forma ¡para que los fatales errores de nuestro pasado no se repitan! ¿No es así?

Sin energía, el hombre bajo su persuasor. Cuando lo abrió, fue aparente que ni una bala había sido cargada.

Kino se giró, sonriendo solo ligeramente, entonces dijo,

—¿Estás seguro de preguntarnos eso? Y si Hermes y yo decimos ‘Eso no es cierto. Estás equivocado’, entonces ¿qué harías?

Tomado por sorpresa, el hombre dejo caer su persuasor al suelo. Al mismo tiempo que la reverberación de un chasquido, el rostro del hombre se torno pálido; tembló tanto que sus dientes castañeteaban.

Poco después, exprimió todo el valor en su ser, gritando a pleno pulmón.

—¡V-váyanse! ¡P-p-personas como ustedes pueden i-irse, no me importa! ¡Desaparezcan! ¡Salgan de e-e-e-este país! ¡Largo! ¡Y nunca más regresen!

—Eso haremos.

—Seguro.

Kino se subió a Hermes y encendió el motor.

El ruidoso motor rugió.

—Corramos.

Susurró Kino, entonces se fue con Hermes.

Mientras se iban, las palabras que Hermes murmuró fueron,

—Adiós, Su Majestad.

El hombre nunca lo escuchó.


El hombre miraba como la motorrad se iba, hasta que ya no podía verla. En su mano estaba su persuasor, completamente cargada ahora. La agarró con fuerza, preparado para disparar en cualquier momento.

El hombre gritó,

—¡Bastardos! Lo juro… si regresan ¡dispararé! ¡Los mataré!

Siguió mirando en dirección de la motorrad, a pesar de que estaba fuera de la vista.

Los viajeros nunca regresaron.


La motorrad recorrió la carretera en la pradera durante un tiempo, entonces llego a una parada. Kino, con los goggles quitados, miró lo que yacía adelante; una bifurcación.

Alejándose de Hermes, Kino confirmó su dirección con una brújula. Un camino dirigía al oeste-sudoeste, el otro al oeste-noroeste; ambos se extendían interminablemente. Nada más que el horizonte podía ser visto más allá de la vasta pradera.

—¿Por cuál deberíamos ir?

Preguntó Hermes. Kino miró el mapa, uno que fue hecho a mano y marcado con solo las rutas más importantes, entonces murmuró con curiosidad,

—Extraño… se suponía que solo había un camino.

—¿Quién te dijo eso?

—Ese comerciante de hace un tiempo. Ya sabes, el que traía consigo pandas y canguros.

Cuando Kino dijo eso, Hermes comentó con un tono juguetón,

—Aha, parece que has sido engañado. Eres tan inocente, Kino.

—No, no, todas las direcciones coincidían hasta ahora. Dirigiéndonos al oeste desde ese último país, deberíamos toparnos con un lago con agua purpura, y entonces deberíamos llegar a una gran ciudad estado. Uno de estos dos tiene que ser el correcto.

Habiendo dicho eso, Kino echo otro vistazo a los caminos.

—El derecho, supongo. Es ancho.

—El izquierdo, probablemente. La tierra está más dura.

Dijeron Kino y Hermes, ambos al mismo tiempo.

—….

—…

Y se quedaron en silencio, ambos al mismo tiempo.

Poco después, Kino hablo,

—Entendido. Vamos a la izquierda.

—¿Huh?

—¿Qué quieres decir con ‘huh’?

Hermes respondió la pregunta francamente,

—Es porque decidiste un camino muy rápidamente esta vez, Kino. Normalmente titubearías casi hasta que tengas hambre ¿Qué tipo de viento soplo para que empezaras una nueva carne[6]?

—… ¿Nueva vida?

—Sí, eso.

Habiendo dicho eso, Hermes se quedo en silencio un momento, entonces,

—¿Y bien?

—Hrm… —gimió Kino.

—Bueno, quedarnos aquí disminuirá nuestras raciones, así que pensé que sería lo mejor solo elegir uno. Aparte, hace calor. Y prefieres correr ¿no, Hermes?

—Así es… pero ¿y si resulta ser el camino equivocado?

Dijo Hermes, sintiéndose un poco inquieto. Kino miró a la distancia.

—Veamos… si no encontramos un lago después de avanzar un tiempo, o si el camino cambia su dirección a la mitad, entonces regresaremos aquí. Pediremos indicaciones si tenemos suerte de encontrarnos a alguien.

—No te rindas hasta que lo intentes, ya veo. Idea aprobada. Vamos con eso.

Cuando Hermes dijo eso, Kino afirmó el acuerdo, guardo el mapa y la brújula, se puso los goggles, y se subió a Hermes.

Kino entonces se fue con Hermes. Por el camino derecho.

—¿Ah? ¡¡Ahh! ¡Kino…! ¡Me engañaste!

Gritó Hermes.

—No es cierto. No quería engañarte. No te rindas hasta que lo intentes ¿cierto? Así que no importa cual probemos primero ¿no?

—¡No es justo! ¡Eso no sigue siendo razón para ir a la derecha!

Ignorando las protestas justificadas de Hermes, Kino aceleró aún más.


[1] Vehículo de dos ruedas.

[2] Los persuasores son armas de fuego. En este caso, una pistola.

[3] Es el tipo de revolver que requiere amartillarse (se hace retroceder el martillo hasta el tope) con el pulgar antes de apretar el gatillo, o si no, no dispararán.

[4] Una frase atribuida a María Antonieta, siendo traducción de la frase en francés «Qu’ils mangent de la brioche». La frase fue dicha tras saber que los campesinos no tenían pan, y refleja la indiferencia a los campesinos o el escaso conocimiento de su situación, siendo obviamente, porque el pastel es más costoso que el pan.

[5] Es como las escopetas que abres del mango para meter dos cartuchos.

[6] Pues el chiste se pierde en español. Básicamente Hermes dice ‘Beef’ que es carne, cuando quería decir ‘leaf’ que en esta frase toma la traducción de vida, supongo que al sonar ambas similares.

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