Kino no Tabi Volumen 1, Capítulo 1: El País Donde Se Siente el Dolor de los Demás —I See You. —

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Una línea color café se extendía en medio de un mar verde. Era un camino de tierra apisonada que iba directo hacia el oeste. A su alrededor solo había hierba a la altura de la rodilla, la cual se mecía suavemente como si estuviera mostrando el paso del viento. Ni un solo árbol se encontraba a la vista.

En medio del camino, una motorrad[1] avanzaba. Una mochila ligeramente sucia estaba atada al portaequipaje en la parte trasera. El motor de la motorrad rugía mientras corría a una velocidad considerable, pero ocasionalmente se inclinaba hacia los lados. En cada ocasión, el motociclista enderezaba el manubrio en pánico, con el cuerpo inclinado, devolviéndola al camino.

El motociclista tenía una complexión esbelta. Usaba una chaqueta negra y su cintura estaba envuelta con un cinturón grueso. Varias bolsas estaban amarradas al cinturón, y en la parte trasera se encontraba una pistolera de persuasor[2]. Dentro había un persuasor tipo automático, con la culata apuntando hacia arriba. En el muslo derecho del motociclista había otra pistolera; en ella había un persuasor tipo revólver. Para que no se cayera, su percutor estaba amarrado con una cuerda corta a la pistolera.

El gorro del motociclista era similar al de un aviador, teniendo la visera solo al frente y orejeras sujetas a los lados para protegerse del frío. Estas eran sujetadas por la correa de las gafas, con las partes que sobresalían revoloteando fuertemente por el viento. Pero, por el contrario, el gorro evitaba ser enviado volando por la presión del viento. Debajo de las gafas, había un rostro joven. Ojos grandes y rasgos que daban una impresión fuerte, pero en este momento ese rostro tenía una expresión de fatiga.

La motorrad le habló a su conductor.

—En serio, no sé en qué estás pensando, Kino. Tienes comida, solo deberías comer.

El motociclista, a quien se acaban de referir como Kino, respondió.

—Con un país ya a la vista, no puedo permitirme comer las raciones de previsión.

Más allá del camino por el que avanzaban, se podía ver la vaga imagen del muro exterior de una ciudad.

—Además, los alimentos de emergencia son algo que se come como último recurso.

En ese momento, la llanta delantera pasó por un bache del camino, desestabilizando la motorrad una vez más. Kino la enderezó en pánico.

—¡Uaah!

—Perdón, Hermes.

Kino disminuyó la velocidad un poco. La motorrad, a quien se refirió como Hermes, se quejó.

—Cuidado. Ni siquiera sabemos si ese país va a tener comida. ¿Qué piensas hacer si está desierto?

—Bueno, cuando eso sea…

—¿Cuándo eso sea?

—… Será.


Al llegar al muro exterior, Kino detuvo a Hermes. Delante de la muralla había un foso con un puente levadizo en medio. Notando una pequeña construcción junto al puente, Kino se bajó. Hermes se tambaleó de inmediato, causando que Kino se diera cuenta de que aún no había puesto la pata de cabra. Incapaz de sostener a Hermes debido a la falta de energía, ambos cayeron hacia la izquierda.

—¡Oh, qué horror! Y pensar que la poderosa Kino se ha caído. Ahora, date prisa y levántame, ¡vamos!

Hermes, ahora yaciendo de lado, habló con un tono verdaderamente asombrado. Kino levantó a Hermes de inmediato, pero se detuvo a la mitad.

—¿Qué pasa?

Preguntó Hermes. Kino respondió con una voz débil.

—Hambrienta, sin energías…

—Y es por eso que te dije que comieras cuando debías hacerlo… Escucha, Kino, ya te dije muchas veces que andar en motorrad es un deporte. No al nivel de las bicicletas, pero mucha de tu energía se agotará solo conduciendo. Te quedarás sin fuerzas antes de darte cuenta, y tu cerebro se adormecerá. Cuando eso pasa, ni siquiera podrás hacer con normalidad las tareas simples. Como resultado, cometerás errores fácilmente, lo que lleva a accidentes… ¿Hola? Kino, ¿estás escuchando?


No había nadie en la construcción. En su lugar, un gran aparato que se asemejaba a una máquina expendedora estaba ahí. Se activó en el momento que Kino entró, haciendo varias preguntas sencillas, para luego conceder casi inmediatamente permiso para entrar al país. El puente levadizo bajó.

—Eso fue rápido.

Dijo Hermes, reclinado sobre la pata de cabra, cuando Kino regresó.

—Es extraño.

Kino se subió y encendió el motor.

—¿Qué cosa?

—No había ni una sola persona adentro. Solo una máquina.

Kino avanzó con Hermes, cruzando el puente.

—Tal vez tampoco veamos a nadie cuando entremos a la ciudad.

Dijo Hermes en broma. Pero esas palabras resultaron ser ciertas.


—¿Comiste?

—Comí.

Kino respondió satisfecha mientras regresaba con Hermes, que había sido aparcado en frente del establecimiento.

—¿Había alguien ahí?

—Nadie.

Kino dio una respuesta corta, se subió a Hermes y entonces miró a su alrededor.

Solo había un camino pavimentado, con varios establecimientos de un piso a ambos lados. La construcción de la que Kino acababa de salir tenía un letrero que decía “Restaurante”. A los costados del camino había grandes pasarelas peatonales, con farolas y árboles alineados uniformemente. Un poco adelante había una intersección, con luces de tráfico. El camino iba en línea recta. Más allá había un bosque, con nada más que verdor a la vista. Detrás de ellos estaba el muro de la ciudad que acababan de atravesar; sus extremos no eran visibles en ninguna dirección. Incluso mirándola desde aquí, uno se podía dar cuenta de que la ciudad era extremadamente grande.

—¿No había nadie adentro pero la comida fue servida?

—Sí. Las máquinas se encargaron de todo. Estaba delicioso.

—Extraña ciudad.


Minutos antes, cuando Kino y Hermes entraron por primera vez al país, no había nadie. La ciudad era elegante, sus caminos estaban bien cuidados, sin embargo, los humanos no se encontraban a la vista.

Fue entonces que un automóvil se acercó, deteniéndose en frente de Kino y Hermes. La puerta se abrió, pero nadie salió. En su lugar, otra máquina apareció, y después de darles la bienvenida a los visitantes de la ciudad les presentó un mapa del país. Cuando Kino lo aceptó, el automóvil cerró su puerta y se fue.

Antes que nada, Kino buscó un lugar donde conseguir comida. Viendo un restaurante cerca, Kino entró sola y tampoco encontró a nadie adentro, pero el interior era espacioso y estaba completamente limpio.

Lo que recibió a Kino fue una máquina compuesta por una computadora con un brazo pegado, colocada en una silla de ruedas; también tomó las órdenes. Kino ordenó un platillo que parecía espagueti, bistec de una carne desconocida y fruta con un color nunca antes visto. Después de un rato, una máquina trajo la comida y Kino comió. Luego, el dinero fue pagado a otra máquina. Estaba muy barato.

Entonces, mientras salía, una máquina también salió a despedir a su cliente.


En un tablón de noticias cercano, Kino buscó un lugar para reabastecer a Hermes. Como siempre, no vieron a nadie. Aunque se toparon con otro vehículo en el camino, cuando lo alcanzaron resultó ser un camión de basura no tripulado. En una estación de gasolina desierta, Kino llenó el tanque de Hermes. Costó casi nada.

Luego buscaron un hotel. Cuando llegaron a uno, tampoco había nadie. El hotel era extravagante, estaba limpio tanto en el interior como en el exterior, con su vestíbulo de mármol brillando radiantemente. La máquina enclaustrada en la recepción manejó todo rápidamente. El precio también era barato.

Kino empujó a Hermes a su habitación. Ella nunca antes había visto una habitación tan magnífica. Kino le preguntó a la máquina si esta era la habitación correcta, si había una equivocación de rango, si sabía que su cliente no era un rey, y le dijo que tuvieran en cuenta que no pagaría nada si fueran a demandar una gran suma de pago después, confirmando las respuestas una y otra vez.

—Tacaña.

Dijo Hermes, distraídamente.

Kino se duchó en el innecesariamente espacioso baño, luego se puso otra ropa interior y una camisa. Teniendo la intención en un principio de lavar la ropa, Kino notó que el hotel también tenía un servicio de lavandería y decidió probarlo. Como era de esperar, una máquina vino para tomar la ropa y dijo que estaría lista mañana por la mañana antes de irse.

Kino y Hermes entonces tomaron el mapa que recibieron antes y lo extendieron en la alfombra.

El hotel en el que estaban actualmente estaba ubicado en el área designada como “Puerta Este: Distrito Comercial”, que era la más cercana a la puerta del país por donde entraron. El país era circular y poseía un tamaño tan grande que solo habían recorrido una fracción.

En el centro del país había un área circular pintada ligeramente de rojo, designada como “Centro: Área Gubernamental”. Al sur había un lago más o menos grande, pintado de azul oscuro. A las afueras, al norte del país, había un área pintada de marrón oscuro designada como “Fábricas e Institutos de Investigación”.

Todo lo demás era el “Área Residencial”, pintada de verde oscuro. Cubría no menos de la mitad del país.

—Hey, aquí viven personas.

—Todas estas máquinas fueron creadas y todo sigue funcionando perfectamente. Por supuesto que aquí hay personas. Al menos probablemente no será como ese lugar, donde solo quedaba una persona.

—Entonces, ¿por qué crees que no hemos visto a nadie?

—Vamos a ver, algunas razones son creíbles… como que no pueden salir por algunas razones religiosas, es feriado o es su hora de la siesta. O podría ser que no viven por aquí.

—¿Eso significa que… todos están en el área residencial?

—Probablemente.

—¡Muy bien! ¡Vamos a comprobarlo, Kino!

La voz de Hermes se alzó con entusiasmo, pero Kino se negó agitando la cabeza.

—No, hoy no. Si vamos ahora, no regresaremos antes de la puesta de sol. No quiero conducir de noche, incluso si estamos en la ciudad. Además…

—¿Además?

—Tengo sueño. Voy a dormir.

—¿Qué? Normalmente seguirías despierta a esta hora.

Mientras Hermes decía eso, Kino desenfundó los persuasores, y, con ellos y la chaqueta en mano, caminó tambaleando hacia la cama.

—Por lo general lo estoy, sin duda… pero ¿sabes, Hermes?, cuando veo una cama limpia no puedo evitar querer acostarme. Eso y que también estoy empezando a sentirme soñolienta…

Diciendo eso, Kino dejó caer la chaqueta al pie de la cama y puso los persuasores bajo la almohada. Chocando contra la suave colcha, Kino murmuró —Qué dicha —, y se quedó dormida al instante.

—Tacaña.

Dijo Hermes distraídamente.


Al día siguiente, Kino despertó al amanecer.

En el buzón de la habitación estaba la ropa que había sido enviada ayer. Todo se veía como nuevo. Kino entonces empezó el mantenimiento de ambos persuasores de mano.

Al persuasor semiautomático enfundado en la parte trasera del cinturón, Kino lo llamó Leñador. Usaba balas .22 LR[3], por lo que era un persuasor de poco calibre. Las balas podrían no tener un poder destructivo significativo, pero el largo cañón y su peso mediano daba una buena precisión en la puntería.

Kino sacó las balas del cargador de Leñador, las puso en otro cargador y entonces recargó.

El persuasor enfundado en el muslo de su dueño, llamado Cañón, era un revólver de acción simple. Con acción simple se refiere a que el percutor tiene que ser amartillado en cada disparo. Los que son disparados solo apretando el gatillo se llaman de doble acción.

Cañón no usaba cargador. En su lugar, la pólvora y las balas eran cargadas directamente en el tambor. Por lo tanto, recargar involucraba poner en cada recámara la pólvora, las balas y colocar los pistones, todo a mano. Los pistones eran insertados con una pequeña cantidad de pólvora; todos eran colocados al fondo del tambor y se encenderían cuando fueran golpeados por el martillo.

Kino cambió el tambor cargado de Cañón por uno vacío y practicó un desenfundado rápido, una y otra vez. Después de eso, Kino se duchó.

Yendo al restaurante junto al vestíbulo, una comida estilo buffet había sido preparada, puesta en las mesas solo para Kino. Una máquina preparó su sartén, diciendo que podría hacer cualquier tipo de tortilla.

Antes de cualquier otra cosa, Kino se aseguró de confirmar si la comida estaba incluida o no. Después de comer como si fuera lo de todo el día, Kino regresó a la habitación y descansó un rato para que la comida fuera digerida. Entonces, cuando el sol estuvo en lo alto, Kino despertó a Hermes de un golpe. Todo el equipaje fue cargado en Hermes y dejaron la habitación del hotel. Siguiendo el mapa, se dirigieron al área residencial.


El área residencial era más o menos un bosque. Estaba densamente poblada de árboles gruesos, con varios arroyos atravesándolo. El canto de las aves resonaba por todo el lugar, y la humedad moderada daba una sensación refrescante al aire.

Kino empujó a Hermes por un angosto camino no asfaltado. A veces se topaban con casas. Todas tenían el mismo estilo: una casa de un piso con una gran extensión; era como si hubieran sido construidas para estar ocultas en el bosque. Estaban ubicadas uniformemente a una distancia considerable de sus vecinos.

Durante un tiempo, Kino y Hermes avanzaron por el camino del bosque para ver si se encontraban a alguien, pero no conocieron a nadie. Kino entonces aparcó a Hermes en un lugar donde las casas podían verse.

Las casas abandonadas seguramente tendrían un ambiente frío, pero ese no era el caso de las de aquí. Se sentían cálidas y habitadas, como las casas encontradas en cualquier otro país.

Siguieron observando un tiempo, pero no vieron signos de personas. Ya que sería rudo quedarse allí durante un gran periodo de tiempo, Kino y Hermes se quitaron. No habiendo encontrado ningún signo de personas al final, salieron de allí y fueron al centro de la ciudad, nombrada “Centro: Área Gubernamental”.

La escena cambió de bosque a construcciones, y el camino pasó a ser amplio y pavimentado. Como siempre, no vieron a nadie. Aunque fueron tras un vehículo en movimiento, una vez más resultó ser un camión de basura no tripulado.

Kino y Hermes entraron a una de las construcciones altas. Tomaron el elevador hacia el último piso y fueron llevados a una plataforma de observación donde se podía ver toda la circunferencia del país.

En la plataforma de observación, mantenida completamente limpia y desprovista de gente, Kino y Hermes inspeccionaron la ciudad. Podían ver un delgado contorno del muro de la ciudad en la distancia y vegetación extendiéndose por todas partes, todo de acuerdo al mapa.

Las construcciones cercanas tampoco mostraban signos de vida humana. Solo máquinas de varias formas y tamaños, limpiando diligentemente.

Kino sacó una mira telescópica del equipaje. Ajustó el aumento y comenzó a fijarse en las casas del bosque.

—Eso no es muy admirable.

Refunfuñó Hermes después de un tiempo.

—Encontré uno. Es una persona.

—Dijo Kino, con los ojos aún en la mira.

—¿En serio? ¿De verdad?

La voz de Hermes se levantó.

—Sí, una persona en frente de una casa. Un hombre ordinario, ejercitándose… También hay otra persona fuera de una casa diferente. Una mujer de mediana edad, en el jardín… Me pregunto qué está haciendo… Ah, entró. Hay otra casa con luces en una de las habitaciones.

Llegados a este punto, Kino había dejado de espiar y regresó la mira al equipaje.

—Te lo dije. Aquí hay personas.

—Um. Las casas de antes también daban esa impresión. Pero, aun así, ¿cómo es que no encontramos a nadie antes?

Kino se sentó en el banco de la plataforma de observación, entonces respondió a la pregunta de Hermes.

—Eso no lo sé. Al principio, pensé que encontraban a los viajeros inusuales o aterradores, pero…

—¿Pero?

—Si eso fuera cierto, entonces pensarías que se reunirían con compañeros residentes y se divertirían juntos. Esta ciudad no muestra signos de que tengan algún tipo de compañerismo. Absolutamente nadie sale. Es como si todos se encerraran en sus casas.

Kino miró por la ventana una vez más. Las calles estaban limpias y cuidadas. Un área residencial en el bosque, completamente en armonía con la naturaleza. Como un país, este era de lejos el mejor que Kino había visto en términos de funcionabilidad.

—Me pregunto por qué.

Murmuró Kino.

Después de eso, Kino y Hermes se dirigieron al área de “Fábricas e Institutos de Investigación”, entonces dieron un tour por una fábrica completamente automatizada. El guía, que dio explicaciones detalladas, era una máquina, como era de esperar. Kino le preguntó a la máquina por qué nunca se topaban con alguien en esta ciudad, pero no respondió.

En la tarde, antes de que oscureciera, Kino y Hermes regresaron al hotel en el que se habían quedado la noche anterior. Podrían haber buscado un hotel diferente, pero Kino insistió en regresar hasta la puerta este, porque el desayuno era delicioso. No se toparon con nadie en el camino.


A la mañana siguiente, Kino comió hasta el punto de estar completamente atiborrada.

Después de llenar el tanque de Hermes y abastecerse de raciones de previsión, los dos atravesaron la ciudad, rumbo al oeste. La intención era dejar el país por medio de la puerta oeste.

El sonido del motor de Hermes resonaba por todo el bosque. Kino no quería hacer demasiado ruido en el área residencial, pero simplemente no se podía evitar. El motor se mantenía tan bajo como era posible mientras avanzaban.

Llegando a una ligera pendiente en el bosque, Kino apagó el motor de Hermes en la cima, descendiendo por el camino de la colina así.

Cada vez que se veía una casa, Kino espiaba para ver si había alguien, pero nunca se veía a nadie. Llegaron al fondo de la pendiente después de un tiempo, y Hermes avanzó ligeramente por el impulso antes de detenerse. Kino estaba a punto de arrancar el motor de Hermes una vez más. Fue entonces cuando un rechinido se pudo escuchar, por lo que Kino miró alrededor.

A una corta distancia del camino había un cuidado parche de hierba, al parecer parte del jardín de una casa. Un hombre estaba allí, remendando una máquina.

Dado que su concentración estaba en reparar la máquina, no notó a Kino y Hermes. Hermes habló, en un susurro.

—Ooh. Es la primera vez que vemos aquí a una persona tan de cerca.

Como si un animal raro hubiera sido descubierto, Kino empujo a Hermes y se acercaron en silencio, entonces llamó al hombre.

—Buenos días.

—¡Uaaah!

El hombre saltó sorprendido, dándose la vuelta para mirar a Kino y Hermes. Tenía como treinta años y llevaba lentes de marco negro. Una expresión perpleja apareció en su rostro, como si hubiera visto un fantasma. Entonces, empezó a hablar.

—Qu-ququququququququ…

El hombre habló de forma inarticulada.

—¿Estás bien? Perdón por sorprenderte.

Dijo Kino.

—Ququququ… quququi… cúacucu… cucuacua…

Las palabras del hombre eran inteligibles, así que Hermes dijo…

—Kino, creo que es una lengua extranjera. Tal vez se está presentando formalmente. Señor Quuu Cuau, ¿no?

—No, no creo que sea eso…

—U-U-U-Ustedes…

Cuando el hombre de alguna forma pudo decir eso, Hermes entonces dijo…

—¿Oh? Estabas bien.

—¿U-U-Ustedes no saben qué estoy pensando ahora?

El hombre exclamó de repente cuando apuntó a Kino y Hermes.

—¿Eh?

Hermes dio una respuesta directa. La cabeza de Kino se inclinó con confusión. El hombre entonces se recuperó de su ataque de pánico de la nada. Se calmó al instante, con su rostro mostrando una expresión de enorme felicidad, más allá de lo que sería una expresión neutral. En voz alta, preguntó de nuevo para estar seguro.

—¡Ustedes! ¿No saben qué estoy pensando ahora?

—No, no lo sé. Aunque entiendo lo que estás diciendo.

Dijo Kino, tranquilamente.

—¡Pues claro! ¡Tampoco puedo escuchar tus pensamientos…! Aah, ¡maravilloso! ¡Maravilloso! ¿Así que son viajeros? ¡Así es! ¡Eso debe ser! ¡¿Q-Q-Q-Q-Qué tal si tomamos juntos el té?! N-No me digan que ya se están yendo. ¡Por favor, se lo ruego!

—Podemos retrasar un poco nuestra partida… Si no te importa, ¿podrías por favor decirnos por qué las personas nunca dejan sus casas en este país?

Ante la pregunta, el hombre asintió vigorosamente, entonces corrió hacia Kino y gritó.

—Ah… ¡Por supuesto! ¡Te contaré todo!


Un poco más alejado del angosto camino del bosque estaba la casa del hombre. Kino y Hermes fueron llevados a una habitación espaciosa y bien iluminada. La mesa y sillas de madera tenían diseños elegantes. Más allá de la gran y curva ventana había un jardín bien cuidado en el bosque. Flores de colores vívidos y varios tipos de césped parecidos a hierba estaban colocados cuidadosamente. No había nadie más en la casa, ni ninguna indicación de que alguien más hubiera estado aquí.

Kino, con el abrigo quitado, se sentó en una silla. A un lado Hermes, sobre el caballete[4].

—Aquí tienes.

El hombre colocó una taza en la mesa.

—Es té hecho con las hierbas de mi jardín. No sé si será de tu agrado, pero es una bebida popular en este país.

Kino olió un poco de su fragancia.

—Huele interesante. ¿Qué tipo de té es?

—Se llama té dokudami.

Hermes, escuchando eso, gritó por reflejo.

Doku… ¡¿No es veneno?! ¡¿Tiene veneno?! ¡No lo bebas, Kino!

Kino, aunque sin hablar rudamente como lo hizo Hermes, se detuvo antes de beberlo. Mirando la taza, le preguntó al hombre para confirmar.

—Té venenoso, ¿no? ¿Será seguro de beber para alguien que nunca antes lo ha hecho?

El hombre se rio entre dientes y entonces siguió.

—En serio que son extranjeros; ah, perdón por reírme. No tenía la intención de meterme con ustedes. Dokudami no significa que sea venenoso. Significa que cura o detiene el veneno… Ja ja ja, ahora que pienso en eso, cualquier persona normal se habría sentido extrañada si se le ofreciera té veneno-algo por primera vez. Además… como di… je…

La última palabra no se escuchó bien. Conforme la conversación avanzaba, su rostro sonriente cambió no a uno neutral, sino más bien a uno que estaba al borde de las lágrimas; al final, soltó un llanto y empezó a sollozar. Kino y Hermes, sin tener idea de qué había pasado, observaron al hombre llorando un tiempo. El hombre dejó que las lágrimas cayeran, resopló de vez en cuando y entonces habló de nuevo lentamente.

—Me pregunto cuántos años han pasado… desde la última vez que tuve una conversación así… con otras personas… Diez años, tal vez… No, tal vez incluso más…

Después de un breve momento, Kino habló.

—¿Podrías contarme tu historia?

El hombre se quitó los lentes, se limpió las lágrimas y se sonó la nariz. Entonces, mientras asentía repetidamente…

—Ah, por supuesto, no hay problema. Te contaré sobre eso. Por qué las personas de este país no se ven cara a cara.

El hombre se limpió el resto de sus lágrimas. Entonces se puso sus lentes y miró a Kino a la cara. Exhalando lentamente, empezó a hablar.

—Vamos a ver… En pocas palabras, en este país todos sentimos el dolor de los demás. Es por eso que no nos vemos cara a cara… No… quiero decir, no podemos vernos cara a cara.

—¿Sentir el dolor de los demás?

—¿Qué pasa con eso?

El hombre le dio un sorbo a su té.

—¿Sus padres alguna vez les han dicho algo así antes? Crecer siendo una persona que entienda el dolor de los demás. Para que sepan qué no les gusta a los demás y para que no hagan cosas que los lastimarían. ¿O alguna vez pensaron algo así antes, qué seguramente sería maravillosamente práctico saber qué están pensando los demás?

—¡Sí! ¡Yo sí! Cuando estábamos viniendo, cuando Kino estaba… Por Dios…

Ante la pregunta del hombre, Hermes aprovechó la oportunidad para responder. Pasó tan rápido que Kino no tuvo oportunidad de decir nada.

—Perdón por eso, Hermes.

Kino habló con un tono desinteresado, como si estuviera cubriendo el comentario de Hermes.

—Las personas de este país lo creían en serio. Desde la antigüedad, son las máquinas las que hacen la mayor parte del trabajo en este país, permitiendo a las personas vivir cómodamente. La comida era abundante; el país, seguro y próspero. A causa de eso, las personas terminaron teniendo más tiempo libre de lo que pudieron imaginar, así que terminaron usando sus cerebros para desafiar varias cosas. Cosas como descubrir nuevas fórmulas, centrarse de lleno en investigaciones científicas, crear obras de literatura y música… Entonces, en una ocasión, un grupo de físicos que estaban estudiando el cerebro humano hizo cierto descubrimiento revolucionario… Descubrieron que si desarrollamos porciones que no usamos de nuestro cerebro, podemos comunicarnos directamente con nuestros pensamientos.

—¿Comunicar pensamientos directamente?

Preguntó Kino con una expresión recelosa. Hermes también preguntó.

—¿Qué significa?

El hombre continuó.

—Por ejemplo, pensaría “hola” en mi cabeza. El saludo sería transmitido a las personas cerca de mí. Aunque no solo son cosas simples; cuando estoy triste por algo, la tristeza también es transmitida inmediatamente a las personas a mi alrededor. Esas personas comprenderían mi tristeza, me mostrarían compasión, y juntos podríamos pensar en una solución. Otro ejemplo sería una madre que pueda sentir el dolor y felicidad de su bebé, aunque este no pueda hablar. Es como telepatía, dicho crudamente.

—Ya veo.

—Um~m.

Kino y Hermes respondieron al mismo tiempo.

—Las personas de este país lo elogiaron, llamándolo un descubrimiento maravilloso. Con eso, las personas podrían comunicarse mutuamente desde el fondo de sus corazones. Llegaríamos a un entendimiento mutuo más profundo. Hasta ahora, nos habíamos estado comunicando con un método anticuado llamado lengua, ¡uno que es ruidoso y sin ninguna garantía de transmitir cosas con exactitud…! Eso era lo que todos pensábamos. Por lo tanto, para darles a todos los humanos esa capacidad, buscamos una forma de desarrollar fácilmente nuestros cerebros, produciendo la medicina eventualmente. Todos la tomamos.

—¿Todos?

Preguntó Hermes, sin demorar ni un momento.

—Todos. Todos queríamos estar al mismo nivel que los demás. Queríamos evolucionar. No queríamos ser dejados atrás. Y sin duda, en cierto sentido, hemos evolucionado…

—¿Qué pasó después?

Kino inconscientemente se inclinó hacia delante. El hombre, mostrando solo una ligera expresión de tristeza, empezó a contar su historia en un tono indiferente.

—A partir de este punto, déjenme contarles mi experiencia personal… Tomé la medicina. A la mañana siguiente, cuando desperté, algo como “¿Recibes esto? ¿Recibes esto?” saltó a mi cabeza. No había nadie en la habitación. Era asombroso, en serio estaba recibiendo mensajes de alguien más mientras estábamos alejados. Por supuesto, no significa que las palabras “¿Recibes esto” hubiesen sido transmitidas a mi cabeza. Se sentía como si yo mismo estuviera pensando “¿Recibes esto?”. Justo cuando pensé “¡Lo recibo!”, la sensación “¡Yo también lo recibí! ¡Esto es asombroso!” regresó. Entonces, cuando recibí “Estoy en tu puerta”, salí apresuradamente, y mi novia en ese momento estaba ahí parada. El otorgamiento de poder telepático fue un éxito. Estábamos muy felices, sin duda muy felices… Intercambiamos la sensación “Te amo” incontables veces. Pensando en eso ahora, me hace querer reír.

Entonces, el hombre dejó de hablar por un momento y suspiró.

—Pensamos que éramos las personas más felices del mundo… al menos en ese momento. Empezamos a vivir juntos, y unos cuantos días pasaron. Entonces… esa vez, vi que ella estaba regando mis plantas de más, y pensé “¿Eh? Ya le advertí el otro día. ¿Cuántas veces tengo que decirle hasta que lo entienda?”. Al mismo tiempo, tenía la intención de decir “Así no”, gentilmente. Pero antes de que pudiera decirlo, me miró enojada. Y una respuesta entró en mi cabeza inmediatamente. “¡¿Qué?! ¿Cuántas veces? ¡¿Me tomas por una idiota?!”.

—…

—Así es, eso le fue transmitido, las cosas que no quería expresar. Al recibir su respuesta tan repentinamente, pensé “¿Qué pasa? ¿Por qué tiene que enojarse tanto por algo así?”. Entonces vino su respuesta: “¿Algo así? Algo así, ¿eh? ¡¿Eso que es importante para mí no es nada para ti?!”.

Esta vez, una ligera sonrisa apareció en el rostro del hombre. Era de autoburla.

—Después de eso, no hubo nada más que peleas telepáticas. La verdad es que ella siempre tuvo un complejo de inferioridad, creyendo que no era inteligente o bien educada como yo. Había estado con ella durante tantos años sin notarlo en absoluto… Por supuesto, nunca me di cuenta de que pensaba que probablemente era consciente de eso. Dejó el pensamiento “¡No puedo soportar estar con un elitista insensible y frío como tú!” y se fue. Una vez solo, me quede ahí, perplejo. Es ridículamente gracioso. Precisamente porque podíamos comunicarnos mutuamente con nuestras mentes, llegamos a detestarnos hasta el punto de no poder redimirnos. Pero fue bueno que termináramos con solo esa historia divertida… Al mismo tiempo, en otro lugar, alguien murió en un accidente. El pensamiento de la persona mientras estaba al borde de la muerte fue transmitido a los que se apresuraron en ayudarlo, volviéndolos locos. En otro lugar, había dos políticos que habían estado trabajando juntos hasta entonces, pero en realidad ambos planeaban traicionar al otro algún día; esos pensamientos se filtraron y una pelea hasta la muerte ocurrió justo en el congreso. Aunque terminaron deteniéndola luego de que se lastimaran. En las escuelas, todos intercambiaban respuestas entre sí, volviendo inútiles los exámenes. Ah, lo que me recuerda, también hubo alguien que fue demandado por intento de violación y obscenidad pública solo por acercarse a una joven.

—…

—Bueno, ese tipo de cosas probablemente pasaron en todo el lugar. En más o menos una semana, la ciudad entró en pánico.

—¿Qué paso después de eso?

Preguntó Kino. El hombre respondió, tan franco como se puede ser.

—Fue entonces que finalmente nos dimos cuenta de cuán aterrador es para nosotros saber lo que los demás están pensando. Nuestros pensamientos, los pensamientos de los demás… Revelarlos no es evolución. Aunque, bueno, llegar a esa conclusión podría ser en sí mismo una evolución… ¿o fue solo simple progreso? “Si uno fuera a conocer el dolor de los demás, podría mostrar compasión a esas personas. Las personas llegarán a albergar un respeto mutuo más profundo entre sí”… Qué mentira más grande. Después de todo, equivale a nada más que una pérdida para alguien el hecho de sentir dolor en momentos cuando no es él quien lo está sufriendo, ni hace que el dolor desaparezca en la persona que es la fuente de dichos sentimientos… Solo había una solución en este caos: las personas tenían que aislarse. Si estábamos separados unas cuantas docenas de metros, tan lejos que no pudiéramos escuchar las voces de los demás, los pensamientos tampoco llegarían…

—Ya veo… así que es por eso.

—Sin duda. En pocas palabras, todos en este país terminaron con pura, genuina y no exagerada antropofobia. Pero, después de eso, y como resultado de todo eso, las máquinas se han vuelto aún más avanzadas, permitiéndonos vivir en este país incluso en este estado. Es por eso que incluso ahora, en este bosque, todos viven solos en sus casas, aislados de los demás. Cada uno en su propio pequeño espacio, haciendo las cosas que solo nosotros disfrutamos… No han nacido niños en este país durante casi diez años. Probablemente caerá en la ruina muy pronto. Pero eso será después de que yo muera, así que no hay necesidad de preocuparse por eso.

El hombre se levantó y presionó un interruptor en la máquina tras de él. La música fluyó. Era un violín eléctrico tocando una relajante melodía. Kino escuchó durante un tiempo, entonces dijo…

—Es una tonada maravillosa.

Escuchando eso, el hombre sonrió suavemente.

—Me gusta mucho esta canción. Estaba muy de moda en este país hace diez años. Cuando la escucho, me conmuevo profundamente y también pienso “Cuando otros escuchan esta canción, ¿también se conmueven emocionalmente como yo?”. Solía escucharla junto a mi novia. Dijo que era una buena canción, pero me pregunto ¿qué pensaba realmente? Y ahora me pregunto cuáles son tus pensamientos, Kino. Pero no, no quiero saber la respuesta.

Habiendo dicho eso, cerró los ojos. Después de un breve momento, la canción terminó.


—Pues bien, Kino. Esto podría no ser algo que deba decirle a un tirador experto, pero ten cuidado en el camino.

Dijo el hombre, parado en frente de la cochera de la casa. Kino, ahora con gorro y gafas puestos, dejó en reposo el motor de Hermes. El ruido del escape resonaba fuertemente.

—Para nada. Tendré cuidado.

—Tú también, Hermes.

—Gracias.

—Estoy muy feliz de poder hablar con ustedes. Solo desearía haberlos conocido desde su primer día aquí, pero… no se puede evitar, supongo.

Diciendo eso, el hombre se encogió de hombros y sonrió.

—Gracias por el té. Estuvo muy bueno.

Dijo Kino y se subió a Hermes, se inclinó hacia adelante y quitó la pata de cabra. Hermes estaba listo para marcharse cuando la marcha fuera cambiada, pero entonces…

—¡Ah! ¡Espera! ¿Puedo decir algo más? Solo hay una cosa más que quiero decir.

Dijo el hombre, en pánico. Kino detuvo el motor de Hermes. El entorno cayó en un abrupto silencio. El hombre dio otro paso hacia Kino y Hermes y entonces respiró hondo.

—Ah… ¡Um! Si no te importa, ¿te gu… te gustaría vivir aquí un tiempo? Es seguro aquí, y aparte de no conocer a nadie es un lugar muy agradable donde vivir. Podrías quedarte y hacer lo que quieras. ¿Y qué hay de ti, Hermes? También podrías usar la ciudad como una base para tus viajes. Kino, si estás bien con eso, podrías vivir conmigo…

Con el hombre diciendo todo eso sin rodeos, Kino lo miró un tiempo antes de negarse con un movimiento de cabeza.

—Lo siento, pero… quiero continuar mi viaje.

Al decir Kino eso, el hombre continuó inquietamente.

—Y-Ya veo… No, quiero decir… perdón por haber dicho algo extraño. No, um, bueno…

Estaba completamente nervioso. Su rostro se había puesto rojo. Sin decir nada, Kino arrancó el motor de Hermes y miró el rostro del hombre. Cuando sus ojos se toparon con los del hombre cuando este levantó la cara, Kino sonrió. El hombre estaba sorprendido de ver eso, pero poco después también esbozó una torpe sonrisa. Agitó ligeramente la mano izquierda. Aún sonriendo, la cabeza de Kino se inclinó ligeramente. Entonces, mirando al frente, se fue sobre Hermes. Observando a la motorrad alejarse, cierto pensamiento surgió en la cabeza del hombre.


Poco después de salir del país, Kino y Hermes avanzaban sobre un camino en medio del campo pastoso. El sol ya había bajado en el cielo, y pronto estaría frente a los ojos de Kino.

—Kino~ Tus ojos se toparon con los de ese tipo un poco al final, ¿no?

Preguntó de repente Hermes.

—¿Um? Ah…

—¿Fue esa cosa de amor-amor?

—¿Eh? ¿Qué pasa con eso?

Ante la charla de Hermes, Kino respondió con una expresión amarga.

—Estaba al borde de mi pata de cabra, pensando que podrías casarte con ese hombre.

Teniendo Hermes un tono serio por esta vez, Kino rio.

—Por supuesto que no es nada de eso.

—Entonces está bien.

Habiendo dicho eso, Hermes se quedó en silencio un tiempo antes de murmurar.

—Pero, en serio, y pensar que se enamoró de Kino… Ese tipo tiene gustos extraños.

La motorrad atravesaba el camino en la llanura herbácea. Después de poco tiempo, Kino habló de repente, como si hubiera recordado algo.

—Cuando me miró por última vez, tengo la sensación de que me dirigía su pensamiento, diciendo “No mueras”.

—Um~m. ¿Y?

—Así que respondí “Gracias”.

Habiendo dicho eso, Kino soltó una risita.

—Ya veo. Pero ¿fue expresado apropiadamente?

Cuando Hermes preguntó, Kino dio una respuesta clara, mientras aún sonreía.

—Quién sabe.

[1] Vehículo de dos ruedas. Solo es usado para referirse a los que no pueden volar.

[2] Los persuasores son armas de fuego. En este caso, una pistola.

[3] Ó 5,6 x 15 mm R en sistema métrico. Es un cartucho de percusión anular y de pequeño calibre para pistola y carabina. Tiene un diámetro de 0,22 pulgadas.

[4] En este caso se trata del objeto que va en medio de la motocicleta, sobre la que están encima para estar paradas y no inclinadas.

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